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En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre,
Hijo y Espíritu Santo; en el de
Dios Hijo hecho Hombre, nuestro Redentor y Señor Jesucristo, a quien adoramos
real y verdaderamente presente en el Augusto Sacramento de la Eucaristía; en
presencia de todos los circunstantes que nos escuchan y a la faz de todo el
mundo.
Nosotros, el Hermano Mayor, Consiliarios y demás Oficiales y hermanos de la
Primitiva Hermandad de los Nazarenos de Sevilla, Archicofradía Pontificia y
Real de Nuestro Padre Jesús Nazareno, Santa Cruz en Jerusalén y María
Santísima de la Concepción, establecida en su iglesia propia de San Antonio
Abad, como sucesores de aquellos antiguos nazarenos que, reunidos en Cabildo el
29 de septiembre de 1615, fueron los primeros que en esta ciudad se obligaron
con voto y juramento a creer, confesar y defender que la Santísima Virgen Madre
de Dios, por un privilegio especial del Altísimo, atendiendo a los méritos
previstos de su Hijo Nuestro Señor Jesucristo, fue preservada de la culpa
original que todos contraemos al nacer.
Declaramos que como católicos, apostólicos y romanos creemos en todos los
misterios que Nuestra Madre la Iglesia nos propone, muy especialmente en este
de la Inmaculada Concepción de la Santísima Virgen María.
Y para que no se pierda, antes bien se aumente y propague el afecto y
devoción entre los presentes y nuestros sucesores a tan augusto Misterio, hemos
acordado hacer todos los años en el día de la fiesta principal de nuestro
Instituto a la Santa Cruz esta pública y solemne manifestación, y no admitir
en nuestra Archicofradía a quien antes no la hiciere.
Hacemos asimismo solemne voto y juramento de creer, confesar y defender hasta
la muerte los misterios de la Mediación Universal de la Santísima Virgen en la
dispensación de todas las gracias, y de su Realeza Universal como Madre de Dios
y Corredentora del género humano, renovando la consagración solemne de esta
Archicofradía al Corazón Inmaculado de la Virgen Purísima, en perpetua y
total entrega de amorosa y filial servidumbre.
¡Oh,
Benignísima Señora y Madre nuestra Dulcísima! Admitid esta protestación de
nuestra fe, juntamente con nuestros votos y juramentos y con la consagración
perpetua, como muestra del filial amor que os profesamos, y en retorno conseguid
que cubiertos con el manto de vuestra protección, a la sombra del árbol santo
de la Cruz, participemos de sus frutos en la Tierra recibiendo abundantes
gracias para ejercitar las virtudes, y después por medio de ellas, subamos a la
gloria para unirnos con Vos para siempre y juntos ver a Dios, amarle, gozarle y
alabarle por toda la eternidad. Amén.
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